A
medida que van pasando los días y se aproxima el 26 de octubre,
fecha en la que en nuestro país tendremos la oportunidad, ahora
felizmente sagrada, de incidir con nuestro sufragio en los destinos
de la nación, uno va haciendo el ejercicio de memoria que a algunos
parece faltarle. En mi caso y en el de muchos, es común molestarse
con personas que como decía en una notable catarsis un amigo
cibernético, parecen olvidarse de cómo vivían hace apenas 10
años; ahora que sacaron un poquito la cabeza del agua que les cubría
la boca y ya casi llegaba a su nariz, presagiando un inexorable
final, te dicen que si ahora están bien, no es por el gobierno, sino
por su trabajo y esfuerzo. Se preguntaba entonces, palabra más,
palabra menos, el amigo Fran de Souza: ¿Por qué estaban mal
entonces, hace diez años? ¿no tenían trabajo? ¿eran vagos?
Pregunta difícil de responder, apenas si se tiene una venda en los
ojos que no te permita ver las cosas con claridad. O de lo
contrario, si tenés demasiada mala fé; una mala fé tan grande, que
te impide desvencijarte de esos lazos tradicionales y familiares que
a casi todos los frenteamplistas, nos quisieron en algún momento
amarrar. Por
supuesto dejo fuera de estas consideraciones a los jóvenes que por
primera vez ejercerán el derecho al voto (y cuando digo derecho, me
encantaría que lo tomaran como eso y no como una obligación), pero
decía que dejo fuera de mis consideraciones a los jóvenes, porque
viven una realidad que es la única que conocen. No tuvieron la
oportunidad, o tal vez la mala fortuna, de no saber cómo se hace
para estudiar sin tener que pasar horas en una biblioteca, muchas
veces caminando muchas cuadras para conseguir un libro por el que a
menudo había que esperar horas y a veces días, si se querían sacar
apuntes para alguna materia en el liceo. Los jóvenes que ingresaron
a la educación primaria o media en los últimos años, ya conocieron
la escolarización, teniendo una computadora y conectividad gratuita
en los centros educativos, que le facilitan enormemente la vida, si
la comparamos con la que debimos enfrentar los demás ciudadanos de
este país. No conocieron la época en la que el transporte no era
gratuito para los estudiantes. Si no tuvieron la oportunidad de
estar en un ambiente en el que se comentan estas cosas; si están en
hogares en los que la única información que se valora es lo que
pasa “na novela das oito”, o si fulana y mengano bailaron bien o
mal en el programa de Tinelli, o si se pelearon con algún jurado de
ese deplorable y descerebrante programa, el o la joven tendrá todo
el derecho de creer que lo que hoy vive, puede ser mejorado si el
Frente Amplio abandona el Gobierno Nacional.
Sin
embargo, qué bien se siente constatar que nuestra descendencia tuvo
otra infancia y vivió en otros ambientes; ambientes en los que la
política no era mala palabra, sino que mas bien, algunos políticos
hacían lo posible por defenestrarla; pero que era posible
identificarlos con claridad, como para no confiar en ellos.
Hoy
recibí un mensaje de esos que te llenan el alma; que te hacen
enorgullecer de lo hecho a lo largo de la vida, predicando con el
ejemplo, porque ves que aquellas siembras traen buenas cosechas.
Pricila, la hija de un querido matrimonio amigo, me escribió un
escueto mensaje en el que decía estar en la caravana del Frente
Amplio en Montevideo. Y recordaba en ese momento, cuando desde mi
casa, muchos años atrás veía pasar las caravanas frenteamplistas,
saludándolas con entusiasmo. Recordaba también los caceroleos que
tanto en su familia como en la mía, hacíamos a menudo, siendo los
únicos del barrio que se atrevían a hacerlo, en una ciudad en la
que tal vez no tanto como ahora, pero donde desde siempre, se
acostumbró a rendir culto y fidelidad a los líderes partidarios de
los partidos tradicionales que te “conseguían algo”. Los Sosa
López y los Pereira Condinanza, que jamás le chupamos las medias a
ningún político, de ningún partido y que supimos construir
nuestras familias apenas con el sudor de nuestras frentes, nos
atrevíamos a cacerolear cuando en nuestro país teníamos más de
un millón de pobres.
Y
mi alma se terminó de llenar, cuando al rato de recibir el mensaje
de Pricila, recibí la llamada de su mamá, contándome que mientras
su hija recordaba todo eso, mi hija Mariana también recordaba lo
mismo y se habían comunicado ambas, telefónicamente, para
comentarlo.
¿Cómo
no enorgullecerme entonces? ¿cómo no recordar la emoción que me
tomó aquel 31 de octubre de 2004? Ese día, en pleno escrutinio
primario del circuito que me tocó en suerte, luego de saber que
habíamos finalmente logrado el objetivo de vencer las zancadillas
dispuestas por blancos y colorados para impedirnos llegar al
gobierno, abandoné todo y corrí a casa y al llegar, no me pude
sostener en pie, desplomándome abrazado a mi esposa, para entre
lágrimas contenidas durante tantos años, prometerme honrar el
esfuerzo.
Yo
confío. Confío en el pueblo uruguayo. Y estoy convencido que el
26 de octubre, tal vez no con tanta emoción, porque felizmente ya
nos hemos acostumbrado, apenas entrada la noche, una vez más
abrazaré a mi esposa y a mi hija. Y un rato más tarde, seguramente
en Sarandí, Carlos, Yudith y Pricila se unirán a nosotros y otros
miles de compatriotas para festejar que este país continuará por
cinco años más en su senda de transformación y desarrollo.